Carta de cuaresma
"De la esclavitud a la libertad"
2/17/20267 min read
DE LA ESCLAVITUD A LA LIBERTAD
18 de febrero de 2026
Queridos amigos del barrio del Val:
La cuaresma es un camino de 40 días que nos lleva de la esclavitud a la libertad. La esclavitud es un tema bíblico muy frecuente. Como sabéis, es Moisés quien libera al pueblo de Israel de la esclavitud de Faraón para guiarlo hacia la tierra prometida. Pero aquella liberación exterior apuntaba a una liberación mucho más profunda: la del corazón humano. Porque el verdadero problema del hombre no está solo fuera de él, sino dentro de él.
La esclavitud es el estado de ser dominado por otro, tratado como un objeto y no como una persona. Por eso, en muchas películas de la II Guerra Mundial, los prisioneros eran rapados para uniformarlos y vestidos con un mismo pijama: así se convertían en un número. La esclavitud nos roba la identidad: nos hace olvidar quiénes somos y para qué hemos sido creados.
Pero hay muchas maneras de convertirse en un esclavo. Existe también una esclavitud del corazón: la esclavitud del pecado. Es una esclavitud invisible, pero no menos real. Algunas personas quedan atrapadas en vínculos abusivos, o en vínculos basados en el miedo. Otras son atrapadas por la adicción, el control, la fama o el sexo. Otras son esclavas de sus pensamientos: «fallaré», «soy inútil», «no valgo nada», «soy un error», «hay algo malo en mí». Otras son esclavas de su resentimiento, vergüenza, culpa, amargura o falta de perdón. Algunas viven encadenadas en el auto-desprecio o a pensamientos suicidas; otras son esclavas de las compras, las drogas, los actos destructivos o del odio a su propio cuerpo. Algunas personas se sienten encadenadas a la soledad desde su infancia, porque no sintieron el amor de sus padres o vivieron el abandono o la incomprensión de su profunda sensibilidad. Y con el paso del tiempo, esas cadenas llegan a parecer parte de uno mismo.
En el fondo de toda esclavitud hay una herida: el miedo a no ser amado. Y, paradójicamente, a veces preferimos la esclavitud porque parece más segura que la libertad. Porque la libertad implica confiar, y confiar siempre nos hace vulnerables. Grandes o pequeñas las esclavitudes destruyen nuestra verdadera identidad porque nos impiden mostrarnos como somos.
La esclavitud interior tiene 5 cadenas que es importante reconocer.
La primera es la falta de fe. El que es esclavo ya no cree en el amor. Ya no puede ver la bondad de Dios o entender su misericordia. Piensa que Dios le ha abandonado y que está solo. Y cuando el corazón deja de confiar, empieza a cerrarse.
La segunda cadena es el hábito, una facilidad para encadenarse más. Cuando más atado estoy más fácilmente me enredo. Cuanto más caigo en un hábito de pecado, más esclavo me hago de mismo. Cuanto más peco más oscuro me veo y más influenciado soy por el mal y la mentira. El pecado promete libertad, placer y alivio temporal, pero termina produciendo esclavitud.
La tercera cadena es el poder del mal: no solo caigo más, sino que hay como un sistema, una manera de vivir de la que parece imposible salir. La esclavitud deja de parecer un accidente y empieza a parecer un destino. La biblia dice: “la paga del pecado es la muerte espiritual”.
La cuarta cadena de la esclavitud es lo que la Biblia llama «el mundo»: una mentalidad que no es solo personal, sino que está presente en la cultura, en las instituciones, en las redes sociales y en las relaciones, y que justifica y normaliza la esclavitud. El esclavo siempre dirá: «yo controlo». La persona podrá decir: «yo soy así». Pero realmente no es así, se ha encadenado así y se ha dejado encadenar así.
La quinta cadena es la mentira. Es como un velo que nos impide reconocer y sentir nuestro propio malestar. El pecado es una oscuridad cómoda. La mentira es a la vez causa y consecuencia de la esclavitud. Pero Dios nunca se resigna a nuestra esclavitud. Él entra precisamente en el lugar donde estamos encadenados. No espera a que seamos libres para venir a nosotros: viene para hacernos libres.
En la película En el nombre del padre, un joven ladrón llamado Gerry es condenado injustamente por un acto de terrorismo que no cometió. Su padre, Giuseppe, un hombre honrado y bueno, es condenado también como cómplice, y ambos acaban compartiendo celda. Cuando Gerry mira a su padre, proyecta sobre él su propia vergüenza y culpa. En un momento le reprocha:
—¿Por qué estás aquí? ¡Solo me buscas cuando hago las cosas mal!
Su padre le responde: —¿A qué te refieres?
—¿A qué me refiero? A esa maldita medalla. La medalla que gané jugando al fútbol. Tú me gritabas siempre desde la grada. No sabías nada. Solo veíais lo que hacía mal. Nunca era suficiente para ti. Aquel día que ganamos, sí había hecho falta. Y me seguiste al vestuario y me lo volviste a preguntar. Y todos los padres se burlaban de ti. Porque sí, había hecho falta. Pero ¿qué importaba? Por una vez habíamos ganado. Entonces empecé a robar, para demostrar lo poco que valía. Me di cuenta de que era malo. Empecé a decir mentiras, porque las palabras están vacías. Y aquí estoy. Sigo sin valer nada. ¡No te acerques!
Entonces Giuseppe se acerca y lo abraza, diciéndole: «Todo va a salir bien, hijo».
Ese abrazo no elimina las rejas de la prisión, pero empieza a liberar su corazón. La liberación comienza cuando alguien nos ama precisamente en el lugar donde nos sentimos indignos de ser amados. Incluso el deseo de ser libres ya es obra de Dios en nosotros. Es Él quien despierta el corazón y lo atrae hacia la libertad. Antes de cualquier cambio exterior, comienza un despertar interior.
Lo primero que hace Dios para liberarnos es darnos luz para que reconozcamos nuestro pecado y dolor. Todos los años, los israelitas celebraban la Pascua identificándose con los esclavos. Reconocer nuestros límites es reconocer que nuestras estrategias son insuficientes y que necesitamos que alguien nos salve, nos sane y nos ame. Es lo que la biblia llama: “convicción del pecado”. Y en ese dolor es el momento en que empezamos a abrirnos a Dios y a dejarnos liberar y sanar.
En segundo lugar, el Espíritu Santo intenta cambiar nuestra mentalidad. Los israelitas salieron de Egipto, pero Egipto no salió de sus corazones. Necesitaron cuarenta años para dejar de pensar como esclavos. La verdadera liberación no es solo salir de la esclavitud. Es aprender a vivir, pensar y sentir como hijo.
Como ya habréis notado, soy un poco peliculero. Dentro de unas semanas, seguramente emitirán un clásico del cine: Ben-Hur. Él era un rico judío hasta que fue traicionado por Mesala e injustamente condenado a la esclavitud. Este fue un momento dramático. Pero el verdadero antes y después en su vida fue cuando fue adoptado por el cónsul romano Quintus Arrius. Este acto lo liberó y lo convirtió legalmente en ciudadano romano. Como Ben-Hur, el antes y el después de tu vida es tu adopción.
Quintus Arrius era el capitán del barco en el que Ben-Hur era esclavo. Después de una batalla y un naufragio, Ben-Hur logra rescatar a su capitán. Como recompensa por su valentía, Arrius lo adopta como heredero legal. Ahora es hijo de un cónsul romano. Ben-Hur disfruta de libertad, autoridad, riqueza y nuevas oportunidades.
La adopción era una práctica común entre las clases patricias de la antigua Roma, porque resolvía el problema de la falta de herederos. Un ciudadano romano podía incluso desheredar a su hijo natural y elegir a otro en su lugar.
A esta práctica se refería san Pablo cuando escribió: «Vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción filial, en el que clamamos: “¡Abba, Padre!”. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos» (Romanos 8,15-17).
Es el Espíritu Santo quien rompe desde dentro la mentalidad de esclavo y nos enseña a vivir como hijos. La libertad cristiana no es un esfuerzo psicológico, sino una obra espiritual. El Padre entregó a su propio Hijo para que nosotros pudiéramos llegar a ser hijos. Todo el que recibe a Jesús es hijo, no esclavo. En la cruz, Cristo no solo nos enseña el amor: carga con nuestra esclavitud para destruirla desde dentro. La cruz es nuestra liberación.
Pero la adopción exige una decisión. No una decisión nacida del esfuerzo, sino una respuesta al amor que ya nos ha alcanzado. Aunque la ley reconocía a Ben-Hur como hijo de Arrius, no empezó inmediatamente a pensar, sentir y actuar como hijo. Solo en la relación con su padre adoptivo comprendió lo que significaba ser heredero. La adopción no es solo un símbolo. Es la gracia de convertirnos en lo que somos: hijos de Dios, y a pensar, sentir y actuar como tales. En un camino que dura toda la vida.
La liberación más grande de Ben-Hur sucede cuando se encuentra con Jesús y aprende el camino del Hijo. Ve en Él la compasión del Padre cuando Jesús da de beber a un esclavo que moría de sed. Más tarde escucha sus enseñanzas sobre el perdón y la misericordia, que sacan a la luz su propia amargura y rabia. Cuando su madre está muriendo y él busca desesperadamente a Jesús, es testigo de su juicio y su muerte. Entonces lo oye decir desde la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
En ese momento, Ben-Hur se identifica con el Hijo y renuncia a su odio. Él mismo dirá: «Sentí que su voz quitaba la espada de mi mano». Es en la cruz donde caen las cadenas que esclavizaban su alma. Porque la libertad no nace del esfuerzo. Nace del encuentro con el Hijo. Cristo es el nuevo Moisés que no solo nos saca de la esclavitud, sino que nos introduce en la casa del Padre. No nos libera solo de algo, sino para algo: para vivir como hijos.
¿Dejarás que Jesús arranque la espada de tu corazón?
¿Admitirás ante Él que necesitas ser liberado y sanado?
¿Elegirás rendirte y abandonar los ídolos de tu alma?
¿Acogerás el regalo que Jesús te concedió en la cruz para ser hijo amado?
No tienes que liberarte solo. El Padre ya ha venido a buscarte. Y por eso te invita a entrar en este camino cuaresmal, desde la esclavitud hasta la libertad de la Pascua.
La parroquia es tu casa, y queremos acompañarte en este camino. El templo estará abierto de lunes a viernes, de 9 a 20h, para que puedas venir a rezar, estar en silencio o simplemente dejarte encontrar por Dios. Si hace mucho que no te confiesas, hemos preparado un material sencillo en la capilla para ayudarte, y los sacerdotes estaremos disponibles para acogerte.
También te invito especialmente a vivir los cinco domingos de Cuaresma. Cada uno puede ser un paso más hacia la libertad que Dios quiere regalarte.
Y si ahora mismo venir te resulta difícil, puedes empezar con algo muy sencillo: detenerte cada noche unos minutos, en silencio, y hablar con el Padre a través del camino que te ha abierto Jesús. Por ejemplo, diciendo:
Padre, te pido…
Padre, perdóname por…
Padre, perdono a…
Padre, gracias por…
Dios no espera que lo hagas perfecto. Solo espera que le dejes entrar.
Vuestro párroco,
P. Nacho
Contacto
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parroquiadelval@diocesisdealcala.es
Teléfono
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