Entronización de la palabra de Dios en el hogar

"Tu palabra Señor es lámpara para mis pasos"

1/26/20265 min read

Entronización de la Biblia en la familia

Un día después del domingo de la palabra de Dios, toda la familia se reúne, por la noche, alrededor de la mesa principal de su hogar, donde se puede colocar el crucifijo, un ícono de la Virgen, una vela y la Biblia. Uno de los miembros de la familia enciende la vela y dice:

La luz de Cristo.

Todos responden:

Demos gracias a Dios.

A continuación, otra persona recita la siguiente oración (el texto también se puede dividir en varias partes para que sea recitado por más personas):

El Espíritu Santo

te ha conquistado por completo, Virgen María.

Él habita en ti, vive en ti, en ti realiza la mayor obra de la historia: «el Verbo hecho carne». Actúa libremente en ti. Tú le perteneces...

Enséñame a escuchar al Espíritu:

«El Espíritu de vuestro Padre habla en vosotros» (Mt 10,20). Enséñame a confiar en el Espíritu:

«El mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrables» (Rom 8,26).

Enséñame a dejar que el Espíritu actúe libremente en mí:

«Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rom 8,14).

El espíritu humano no puede entender todo esto. Solo la meditación de la palabra de Dios puede introducirnos en este misterio. Solo Dios puede revelarnos cuál es su Espíritu y cuán poderosa y dulce es su acción en nuestras almas.

Ven, Santo Espíritu.

(Cardenal François-Xavier Van Thuan)

Todos responden: Amén.

Un miembro de la familia toma la Biblia, la abre, y comienza a leer:

Escuchad la palabra del Señor del evangelio según san Lucas (Lc 24,13-53)

Aquel mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos trece kilómetros. Iban hablando de todos estos sucesos; mientras ellos hablaban y discutían, Jesús mismo se les acercó y se puso a caminar con ellos. Pero estaban tan ciegos que no lo reconocían. Y les dijo: «¿De qué veníais hablando en el camino?». Se detuvieron entristecidos. Uno de ellos, llamado Cleofás, respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha sucedido en ella estos días?». Él les dijo:

«¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo, cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él se- ría el libertador de Israel, pero a todo esto ya es el tercer día desde que sucedieron estas cosas. Por cierto, que algunas mujeres de nuestro grupo nos han dejado asombrados: fue- ron muy temprano al sepulcro, no encontraron su cuerpo y volvieron hablando de una aparición de ángeles que dicen que vive. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y lo encontraron todo como las mujeres han dicho, pero a él no lo vieron». Entonces les dijo: «¡Qué torpes sois y qué tardos para creer lo que os dijeron los profetas! ¿No era necesario que Cristo sufriera todo esto para entrar en su gloria?». Y empezando por Moisés y todos los profetas, les interpretó lo que sobre él hay en todas las Escrituras. Llegaron a la aldea donde iban, y él aparentó ir más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque es tarde y ya ha declinado el día». Y entró para quedarse con ellos. Se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces sus ojos se abrieron y lo reconocieron; pero él desapareció de su lado. Y se dijeron uno a otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Todos los miembros de la familia besan el Libro de la Sagrada Escritura. Sigue un momento de silencio, de meditación sobre el texto que se acaba de escuchar y de oración personal. Los padres de familia pueden exhortan con algunas palabras.

A continuación, una persona puede leer el siguiente comentario:

El encuentro de Jesús con esos dos discípulos parece ser del todo casual: se parece a uno de tantos cruces que suceden en la vida. Los dos discípulos caminan entristecidos y un desconocido se acerca a ellos. Es Jesús; pero sus ojos no son capaces de reconocerlo. Y entonces Jesús comienza su «terapia de esperanza». Esto que sucede en este camino es una terapia de la esperanza. ¿Quién la hace? Jesús.

Sobre todo, pregunta y escucha: nuestro Dios no es un Dios entrometido. Incluso si ya conoce el motivo de la decepción de esos dos, les deja tiempo para que puedan comprender en profundidad la amargura que les ha vencido. Sale una confesión que es como un coro de la existencia humana: «Nosotros esperábamos, pero... Nosotros esperábamos..., pero...» (v. 21). ¡Cuántas tristezas, cuántas derrotas, cuántos fracasos hay en la vida de cada persona! En el fondo, todos somos un poco como esos dos discípulos. Cuántas veces en la vida hemos esperado, cuántas veces nos hemos sentido a un paso de la felicidad, y después nos hemos encontrado de nuevo en tierra decepcionados. Pero Jesús camina con todas las personas desalentadas que van cabizbajas. Y caminando con ellas, de forma discreta, consigue devolverles la esperanza.

Jesús les habla en primer lugar a través de las Escrituras. Quien recurre al libro de Dios no encontrará historias de heroísmo fácil, campañas de conquista fulminantes. La verdadera esperanza no es nunca barata, supone siempre derrotas. La esperanza de quien no sufre, quizá no es ni siquiera tal. A Dios no le gusta ser amado como se amaría a un líder que arrastra a la victoria a su pueblo destruyendo con sangre a sus adversarios. Nuestro Dios es una luz tenue que arde en un día de frío y de viento, y aunque parezca frágil su presencia en este mundo, Él ha elegido el lugar que todos despreciamos…

Todos nosotros, en nuestra vida, hemos tenido momentos difíciles, oscuros; momentos en los cuales caminábamos tristes, pensativos, sin horizonte, como con un muro delante. Y Jesús siempre está junto a nosotros para darnos esperanza, para calentarnos el corazón y decirnos: «Sigue adelante, yo estoy contigo. Sigue adelante».

El secreto del camino que lleva a Emaús está aquí: aunque puede parecer lo contrario, siempre hay alguien que nos ama, Dios no dejará nunca de querernos. Dios caminará con nosotros siempre, siempre, también en los momentos más dolorosos, también en los momentos más feos, también en los momentos de la derrota: allí está el Señor. Y esta es nuestra esperanza. ¡Seguimos adelante con esta esperanza! ¡Porque Él está junto a nosotros y camina con nosotros, siempre!

Papa Francisco, Audiencia general (24 de mayo de 2017)

Después de la lectura del comentario todos rezan el Padrenuestro:

Padre nuestro, que estás en el cielo...

Al final de la oración, la persona que encendió la vela toma la Biblia y traza con ella la señal de la cruz, bendiciendo con la Sagrada Escritura a toda la familia.

A continuación, apaga la vela, diciendo:

Quédate con nosotros, Señor, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

La Biblia puede permanecer expuesta en un lugar digno de la casa.